Mitos sobre la dieta sana

Mitos sobre la dieta sana

    Sin una educación alimentaria nutricional adecuada, lo más pro­bable es que realicemos una dieta poco saludable. Tenemos, por tan­to, mucho que aprender, aunque el primer paso para conseguir una buena formación en el ámbito de la nutrición es desterrar todos los mitos y falsas creencias que cir­culan en torno al mismo.

Una persona sana puede comer de todo. Las palabras clave son equilibrio y variedad.

     Las cualidades de una dieta no pueden medirse en función de una ingesta concreta. Lo importante es que, globalmente, nos asegure­mos de que el organismo recibe los nutrientes y aportes energéti­cos que precisa para su buen fun­cionamiento. Todos ellos y en las cantidades adecuadas, de forma habitual.

    Desde este punto de vista, el concepto alimentación ideal resul­ta poco afortunado. Las dietas ideales pueden ser tantas y tan diversas como variadas son las opciones que nos ofrece la natu­raleza a la hora de elegir qué alimentos consumidos.

    Si la naturaleza nos ofrece una gama de posibilidades práctica­mente infinita, no tiene sentido que limitemos nuestra dieta a un número reducido de alimentos. En el caso de la población infantil, además, la monotonía de las co­midas es especialmente nefasta y puede acabar generando inapeten­cia y otros trastornos.

    En consecuencia, para ser real­mente ideal no basta con que la dieta sea equilibrada, también de­berá ser variada. Y, en cualquier caso, conviene tener presente que la alimentación ideal para una persona puede resultar inadecuada para otra.

En efecto, pensar que todos te­nemos idénticas necesidades nu­tricionales constituye otra creencia absolutamente errónea. La edad, el sexo, la complexión física, el clima y la actividad que se lleva a cabo diariamente son algunos de los factores que condicionan estas necesidades y hacen que puedan ser muy diferentes de una persona a otra.

     Errónea también es la tendencia a eliminar radicalmente los com­ponentes grasos de nuestra ali­mentación. Entre el 30 y el 35% de las kilocalorías que recibe el organismo humano deben consti­tuirlo las grasas (lípidos). El 50-60% de estas kilocalorías deben ingerirse en forma de hidratos de carbono (glúcidos) y el 12-15% restante debe provenir de las pro­teínas.

    Por otra parte, no todas las gra­sas son iguales. A diferencia de las grasas saturadas (mayoritaria­mente de origen animal), las insa­turadas (presentes en lípidos de origen vegetal y en el pescado) no sólo no elevan el nivel de co­lesterol sino que son un valioso aliado para su control.

     En materia de vitaminas y mi­nerales (micronutrientes), muchos piensan que mejor que sobren que no que falten. Ante esta extendida creencia, conviene recordar que todas las vitaminas y minerales ingeridos que superen las necesi­dades del organismo no sirven para nada en absoluto. Es más, por lo que a suplementos de vita­minas y minerales se refiere, un exceso puede resultar nocivo. En consecuencia, no se recomienda consumir estos suplementos sin la prescripción de un profesional competente.

     Un último mito a combatir a la hora de sentar las bases para una buena alimentación es la idea de que saltarse alguna comida cons­tituye una práctica saludable. El metabolismo de aquellas personas que pasan muchas horas sin comer acaban quemando menos calorías, lo cual les convierte en firmes candidatos a sufrir problemas de obesidad. Estas personas, además, a la hora de cenar suelen llegar hambrientas a la mesa y acaban comiendo mucho más de lo que resultaría aconsejable justo antes de acostarse.

    Los expertos recomiendan dis­tribuir el aporte energético y de nutrientes en cinco ingestas dia­rias: desayuno, media mañana, almuerzo, merienda y cena. Es mucho mejor hacer cinco comidas ligeras que comer en exceso un par de veces al día. De hecho, el almuerzo y la cena no deberían suponer más del 60% de estos aportes. El 40% restante ha de provenir de las otras tres ingestas que muchos consideran -erróneamente- prescindibles.